El periodismo nicaragüense no solo enfrenta la censura y la persecución en su tierra, sino una fractura profunda que se extiende más allá de sus fronteras. En el marco de la investigación “Cartas de Desamor y de Dignidad”, producida por Agenda Propia Nicaragua, se devela cómo las periodistas centroamericanas, consideradas «enemigas» por regímenes autoritarios, viven un exilio forzado que las obliga a abandonar familias, viviendas y bienes para preservar lo más elemental: la vida.
El exilio: Una reacción de supervivencia sin mapas
Para las periodistas nicaragüenses, el exilio no es una opción meditada, sino una reacción instintiva ante la amenaza inminente. Mercedes huyó en 2018 hacia España casi «al azar», sin planes ni redes de apoyo, terminando en una casa cural de la «España vaciada» gracias a la solidaridad de un colega. Natalia, por su parte, tuvo solo cuatro días para empacar tras el asedio policial y la desgarradora advertencia de su madre: «Cuando vos salgas de la cárcel no me vas a encontrar viva».
La psicóloga Georgina Molina explica que, en estas circunstancias, no existe un exilio que se pueda planificar; la única certeza es que ya no es posible quedarse. En este estado de «riesgo absoluto», la incertidumbre se convierte en la única compañera fiel del camino.

La «cochina culpa» y el peso de la maternidad
Uno de los aspectos más dolorosos del análisis es lo que Molina denomina la “cochina culpa”. Mercedes relata cómo, durante años, se ha recriminado el haber sacado a sus hijos hacia la precariedad absoluta sin haber dimensionado los riesgos. Sin embargo, el análisis psicológico sostiene que esta culpa debe transformarse en compasión y dignidad.
Según la experta, las decisiones tomadas bajo la premisa de «si te quedas te mato» no permiten evaluar si se garantiza el afecto o la protección ideal; son actos desesperados para salvaguardar la integridad física de hijos. El peso de la maternidad se agrava al llegar a un destino donde el desconocimiento de los sistemas educativos y migratorios genera una sensación de desprotección total hacia los menores.
Violencia simbólica: Cuando el sistema anula la identidad
El exilio para una periodista implica una doble pérdida: la del territorio y la del «yo» profesional. Mercedes describe su paso por organizaciones de apoyo en España como una experiencia negativa donde sintió que se pretendía anular su historia y su valor profesional. Molina identifica esto como una violencia simbólica institucionalizada, donde los países de acogida meten a las exiliadas en un «bolsón» de migración económica, tratándolas como una tábula rasa sin considerar sus capacidades.
Esta desprofesionalización se manifiesta crudamente en Natalia, quien sigue ejerciendo el periodismo para Centroamérica de forma clandestina y sin contar con su título físico, debido a la toma de la Universidad Centroamericana (UCA) por el gobierno. Molina resalta que este ejercicio, aunque sea sin títulos ni homologaciones, es un testimonio de extrema dignidad.
Racismo y las fronteras invisibles
«El exilio no termina cuando se llega a destino», sentencia Molina. Natalia ha enfrentado en en el país de destino un racismo cotidiano y administrativo, desde ser ignorada en espacios públicos hasta recibir ataques verbales de funcionarios que le han dicho: «¿Qué crees, que el Estado te va a mantener toda la vida? Vos y tu gente siempre son así».
Molina advierte del racismo institucionalizado que asume que el migrante debe ser humilde y estar agradecido por cualquier trato. Además, señala el impacto del trastorno de estrés postraumático, donde el miedo persiste en el cuerpo a través de pesadillas con paramilitares o la necesidad de instalar cerraduras adicionales incluso en lugares seguros, porque «la inseguridad se lleva dentro».
La palabra como resistencia
A pesar del desamor que implica el abandono forzado, la palabra sigue siendo la herramienta de resistencia. Georgina Molina concluye que, aunque a estas mujeres les arrebataron su lugar y su estabilidad, «no les pudieron arrebatar la palabra». Mientras sigan relatando sus historias y ejerciendo su oficio desde los márgenes, el exilio deja de ser solo una herida para convertirse en un acto de resistencia política y humana.
Aquí podés escuchar los testimonios en el siguiente podcast:

