El exilio no solo implica dejar atrás un país; es también abandonar una parte de la identidad, las conexiones familiares y el bienestar emocional. Así se retrata en la edición de este 31 de marzo de Agenda Propia Nicaragua, que pone el foco en las barreras psicosociales que enfrentan las personas nicaragüenses exiliadas en Costa Rica, un país que se ha convertido en refugio para miles que huyen de la violencia y la represión del régimen de Nicaragua.

A través de testimonios conmovedores y análisis profundos, el programa expone cómo la solidaridad colectiva y las herramientas psicosociales se convierten en pilares fundamentales para la resiliencia de quienes lo han perdido casi todo.

La edición ha contado con dos voces clave: Lludelys Aburto, directora ejecutiva de la Asociación Centroamericana para el Desarrollo y la Democracia, y Alejandra Mejía, una joven emprendedora exiliada cuya historia encapsula las profundas afectaciones emocionales del destierro. Aburto, con una visión clara del impacto del exilio, destacó la necesidad de crear espacios de confianza donde las personas exiliadas puedan sanar, mientras que Mejía compartió cómo su vida cambió drásticamente tras huir de Nicaragua en 2021 para protegerse de la persecución política.

Lludely quien antes de 2018 salió varias veces del país por motivos laborales, por decisión propia, con oportunidad de regresar, contó cómo la escalada de violencia y represión la obligó a tomar la decisión de irse a Costa Rica en el año 2021, por veredas, exponiendo la vida. “Aunque estoy a salvo, la ansiedad y la inestabilidad emocional no desaparecen”, confesó. Su testimonio reveló el peso de la separación familiar, especialmente la pérdida de contacto con sus nietos, nietas y cómo la discriminación de género agrava las dificultades de las exiliadas. “Hay días en que el vacío es insoportable, y por eso busqué terapia”, añadió, subrayando la necesidad de apoyo psicológico para enfrentar el trauma.

Alejandra Mejía, relató que cuando salió exiliada de Nicaragua perdió a uno de sus hermanos menores. «Estando en el exilio él murió de cáncer, entonces fue un gran dolor para mí porque era uno de los familiares más cercanos, entonces sí digamos lo del exilio me hizo reflexionar sobre eso porque parea mí no era un trauma que yo venía cargando pero ahí si me di cuenta de eso», comenta. A la vez, Aburto agregó que hay pérdidas no se van a poder documentar. «Aquí ha muerto gente que no ha podido encontrarse con su familia allá, allá han muerto familiares que tenían la ilusión de ver a sus familiares de aquí y no los han podido ver; hay niños y niñas que han perdido la conexión con sus padres y madres, hay familias enteras rotas que solo se están viendo por el Whatsapp, por las videollamada. Te deteriora, te envejece, te aumenta el envejecimiento», explicó con un tono melancólico.

Aburto enfatizó que el exilio no solo fractura familias, sino que también deteriora la salud mental de quienes lo viven. “La narrativa oficial en Nicaragua habla de unidad familiar, pero la realidad es que hay miles de hogares rotos que sufren en silencio”, señaló. La integrante de la Asociación Centroamericana para el Desarrollo y la Democracia cuestionó el discurso del Estado sobre la equidad de género, contrastándolo con la violencia y los prejuicios que enfrentan las mujeres defensoras de derechos humanos, tanto en su país como en el exilio. “Ahí hay una discriminación de género muy fuerte, nos han agredido y nos han reprimido y hay un número de mujeres en condiciones de exilio que están siendo afectadísimas. Están saliendo de forma irregular y eso las expone enormemente y esa es una variable a tener en cuenta”, señala.

El programa también exploró cómo la colectividad se convierte en un salvavidas para los exiliados. Encuentros comunitarios y organizaciones han permitido tejer redes de apoyo que no solo abordan las necesidades económicas, sino también las afectivas y espirituales. “La solidaridad entre nicaragüenses, pero también con comunidades salvadoreñas, venezolanas y costarricenses, es lo que nos mantiene en pie”, afirmaron Alejandra y Lludelys. En Costa Rica, la disposición de abrir hogares y corazones ha sido un gesto de humanidad que contrasta con las adversidades diarias, como la discriminación o la lucha por adaptarse a una nueva cultura.

Uno de los retos más sutiles, pero no menos dolorosos, es la pérdida de identidad cultural y la xenofobia de la población en la ciudad de destino así como el estrés de cómo sobrellevar la cotidianidad y el poder saber cómo relacionarse frente a la incertidumbre, dijo Mejía. Por otro lado, Aburto destacó cómo algo tan cotidiano como la comida se convierte en un recordatorio constante de lo que se dejó atrás. “Los sabores de Nicaragua no se reemplazan fácilmente, y eso afecta la salud emocional”, explicó.

Para muchas personas exiliadas, aceptar una nueva realidad implica aprender a convivir con la nostalgia mientras se enfrentan a problemas de sueño, ansiedad, cambios en el esto de ánimo y un profundo malestar que no siempre es visible; “y si a eso le sumás que haya situaciones adversas en temas de discriminación en la relación, el trato que recibimos de ciudadanos y ciudadanas propias del lugar donde nos exiliamos, también eso se vuelve una situación muy frustrante que te puede limitar a poderte adaptar”, agregó Aburto.

La edición cerró con una reflexión: el exilio no termina al cruzar la frontera. Los traumas de la separación, la persecución y la incertidumbre persisten, y la falta de atención a estas heridas psicosociales agrava el sufrimiento. “Necesitamos herramientas psicosociales y espacios seguros para sanar colectivamente”, insistió Aburto, dejando abierta la pregunta sobre cómo los exiliados pueden reconstruir sus vidas en medio de tantas pérdidas.

En un mundo donde las cifras de desplazados no dejan de crecer, historias como las de Alejandra y el trabajo de líderes como Lludelys Aburto recuerdan que detrás de cada exiliado hay un ser humano luchando por recuperar su bienestar, su identidad y su lugar en el mundo. En Costa Rica, la solidaridad se alza como un faro de esperanza, pero el camino hacia la sanación sigue siendo largo y complejo.

Foto portada: Confidencial.digital