En el marco del Día de San Valentín, una fecha tradicionalmente asociada al amor romántico, es necesario ampliar el significado de esa palabra. En Nicaragua, hablar de amor no es solo hablar de flores o celebraciones: es hablar de resistencia. Porque cuando un país no reconoce nuestros derechos, amar también se convierte en un acto político.

En Nicaragua, las madres lesbianas vivimos una exclusión que no es simbólica: es legal, estructural y cotidiana. El Estado no reconoce a nuestras familias, no nombra nuestras maternidades y no nos otorga derechos básicos. En este contexto, amar y criar desde el amor lesbiano se convierte inevitablemente en un acto de resistencia.

No se trata solo de la ausencia del matrimonio igualitario. Se trata de la negación explícita de la maternidad lesbiana. En Nicaragua, una mujer lesbiana puede criar, sostener y amar a una hija o a un hijo durante toda su vida, y aun así no existir legalmente como madre. No puede figurar en un acta de nacimiento, no puede tomar decisiones médicas sin obstáculos y no cuenta con garantías jurídicas ante separaciones, migraciones, enfermedades o muertes.

Esta negación no es neutral. Es una forma de violencia institucional que empuja a muchas mujeres a buscar estrategias y alternativas para proteger a quienes aman, como figurar legalmente como madrinas o tutoras. Estas decisiones no nacen de la tradición ni de la fe, sino de la necesidad de cuidado frente a un sistema que excluye.

Criar desde esta exclusión implica también cargar con el miedo: miedo a no poder responder legalmente por una hija o un hijo, miedo a que la maternidad sea cuestionada ante una emergencia, miedo a que el amor no sea suficiente frente a la ley. Aun así, las madres lesbianas seguimos criando. Criamos con amor, responsabilidad y conciencia.

Por eso, en este Día de San Valentín, hablar de amor también es hablar de justicia. Es recordar que el amor no debería ser regulado, condicionado ni negado. La maternidad lesbiana en Nicaragua es resistencia cotidiana: cuando educamos en la verdad, cuando enseñamos que nuestras familias son legítimas aunque no estén reconocidas por el Estado, cuando sostenemos la vida emocional, afectiva y material de nuestras hijas e hijos, a pesar de la precariedad legal impuesta.

Hablar de estas maternidades es un acto colectivo. Es nombrar a las mujeres que no pueden hablar, a las que callan por miedo, a las que han sido borradas de los documentos, pero no de la historia de sus hijas e hijos. Nombrarnos es existir públicamente.

Aunque Nicaragua no reconozca nuestros derechos como madres lesbianas, seguimos siendo madres. Seguimos siendo familias. Seguimos resistiendo desde el amor.

Imara Largaespada, Grupo Lésbico Feminista, Artemisa.