El consumo de redes sociales en Centroamérica ha dejado de ser una simple actividad de entretenimiento y ocio para convertirse en el eje vertebrador de la vida pública y privada, según lo analizado por la politóloga y comunicadora nicaragüense Arlen Alejandra Padilla en Agenda Propia Nicaragua.
En la actualidad, plataformas como TikTok, Instagram y WhatsApp no solo dominan el tiempo de pantalla, sino que compiten directamente con los motores de búsqueda tradicionales como Google entre las generaciones más jóvenes. Esta tendencia se debe a que las plataformas digitales han optimizado sus funciones para satisfacer la demanda de inmediatez de una sociedad donde el foco de atención se ha reducido a apenas «40 o 45 segundos». Al respecto, Padilla destaca que la preferencia por buscar información en redes como TikTok radica en que «el esfuerzo es menor porque no tenés que leer, no tenés que discriminar tanto, sino es que estás viendo un video que es como más visual e interactivo», manifiesta.
Sin embargo, este cambio en el comportamiento digital ocurre en un ecosistema profundamente desigual, donde la penetración de internet en zonas urbanas supera el 70%, mientras que en las zonas rurales esta cifra cae drásticamente, limitando la incidencia de la juventud fuera de las capitales. A esta brecha de conectividad se suma el peligro de la información errónea, ya que, a diferencia de los medios de comunicación que mantienen procesos rigurosos de verificación, en las redes sociales «no se controla realmente el tema de la desinformación».
La experta advierte que la desinformación está diseñada para ser viral al «activar en nosotros emociones fuertes como el enojo o la ira», buscando que el usuario interactúe y comparta sin detenerse a validar los hechos, lo que profundiza la polarización social.
En el caso específico de Nicaragua, el entorno digital está severamente condicionado por el contexto político y la falta de libertades. Padilla enfatiza que la vida digital es un reflejo de las desigualdades y tensiones del mundo real, señalando que «la realidad sociopolítica que se vive en Nicaragua condiciona cómo los jóvenes hacen uso de las redes sociales y, imprescindiblemente, juega el factor miedo», expresa. Esta situación ha provocado que, aunque «expresarse está a un clic de distancia», muchas personas jóvenes opten por el silencio o limiten sus comunicaciones a temas estrictamente familiares por temor a las «consecuencias que puedan haber en el mundo real». Incluso, el miedo ha llevado a muchas personas usuarias a dejar de seguir medios de comunicación independientes para evitar ser blanco de vigilancia digital o represalias físicas.
Más allá de la seguridad, el uso constante de estas herramientas tiene un impacto psicoemocional significativo, especialmente para quienes enfrentan realidades migratorias difíciles. La presión por ser aceptado o aceptada por sus pares y la tendencia a publicar solo los aspectos positivos de la vida generan una frustración constante en quienes se comparan con esas vidas aparentemente perfectas. Padilla explica que «es inevitable, como seres humanos siempre estamos comparándonos con nuestros pares», y cuando las personas jóvenes nicaragüenses contrastan sus dificultades económicas o académicas con la estabilidad de otros países, sufren un impacto psicológico del que se habla poco». Por ello, recomienda a los usuarios acudir a fuentes como el Center for Humane Technology para entender cómo estas plataformas afectan su salud mental según la edad.
Para contrarrestar estos efectos negativos, la especialista sugiere que se debe recuperar el control sobre sus dispositivos y «empezar a ver la tecnología como una herramienta y no dejar que les controle completamente». Esto implica desarrollar hábitos de consumo responsable, como regular el tiempo en pantalla y utilizar herramientas de verificación como Google Lens para identificar imágenes manipuladas o fuera de contexto.
El objetivo final debe ser utilizar los espacios digitales para «generar contenido y consumir contenido que acerquen como sociedad, que nos ayuden a generar más empatías» alega, transformando las redes sociales en vehículos de conexión real y no en herramientas de xenofobia o violencia digital.

