“Desde chavala quise ser mamá, me gustan los niños y las niñas… lo planificamos en pareja, dijimos vamos a echarla toda, estuve en tratamiento de fertilidad y lo logramos”. Este es el inicio del testimonio de una nicaragüense que, tras alcanzar lo que parecía un sueño, se topó con una realidad compleja: la maternidad emocional y la responsabilidad diaria, dos mundos aparte de la etapa biológica. Su relato refleja la búsqueda de una crianza con propósito, donde soñaba con formar hijos/as independientes y libres de machismo, pero reconociendo que el camino es mucho más que un deseo cumplido.
Por otro lado, la realidad cotidiana impone una crudeza que otra madre describe sin filtros: “Mi experiencia en la maternidad ha sido bien ahora, pero bien jodida al inicio”. Esta voz relata la angustia de equilibrar la supervivencia con el afecto, evidenciando que el día a día no es tan sencillo como lo pintan las narrativas románticas: “quisiera estar ahí con ellos y no podés porque tenés que trabajar… les descuidamos porque es la forma de vivir”. Estas dos experiencias, aunque distintas, convergen en un punto común: el peso de una labor que la sociedad suele dejar caer sobre un solo par de hombros, el de las mujeres.
Desde Agenda Propia Nicaragua, analizamos esta complejidad que va más allá de un vínculo biológico, constituyéndose como un proceso emocional, social y simbólico. En una sociedad patriarcal que asigna el cuidado exclusivamente a las mujeres, las maternidades en solitario surgen a menudo de la irresponsabilidad paterna, obligando a las mujeres a criar sin corresponsabilidad en contextos de vulnerabilidad económica. Sin embargo, también hay mujeres que asumen la maternidad de forma autónoma por decisión personal, desafiando los esquemas tradicionales de familia.
La psicóloga nicaragüense Georgina Molina, sostiene que la maternidad transforma radicalmente la percepción del propio cuerpo y del mundo. Según Molina, muchas madres llegan a consulta con una conciencia ampliada, dándose cuenta de que quizás hubieran preferido maternar en otro momento de sus vidas, cargando con una culpa constante que las acompaña para siempre. Esta culpa nace de la presión por cumplir con expectativas irreales proyectadas por la cultura sobre lo que significa ser una «buena madre».
Uno de los puntos más críticos es el sentimiento de soledad. La especialista señala que “la gran mayoría de las mujeres maternan en solitario y maternan en soledad”, incluso cuando el padre está presente físicamente. Se describe una realidad donde el hombre, si acaso, se limita al aporte económico de mitad y mitad, dejando sobre los hombros de la mujer la doble y triple jornada que implica el cuidado, la crianza y el mantenimiento del hogar. Esta carga mental genera un agobio constante por el «sentirse nunca suficiente» ante el modelo idealizado de madre.
Georgina destaca que en Latinoamérica existe casi una “maestría en relación al abandono paterno”, el cual está socialmente naturalizado. «Se comprende que un hombre se vaya… pero cuando es una mujer la que abandona, ahí se encienden todas las alarmas porque esa es la garante responsable socialmente», explica. Esta doble vara de medir castiga con dureza a la mujer, comparándola incluso con animales, mientras que al hombre se le otorgan palmas y felicitaciones por realizar tareas mínimas de cuidado.
La invisibilidad de la mujer como individuo es otra consecuencia grave de este sistema. Molina relata casos de madres que, tras años de crianza, se preguntan: “¿Quién soy yo?”, al darse cuenta de que han vivido como satélites de la vida de sus hijos. La sociedad exige que la mujer sea madre, pareja y trabajadora, pero no concibe que la maternidad deba tener un espacio para la persona más allá del rol de cuidadora. El sacrificio se premia culturalmente, como ocurre con las celebraciones del 30 de mayo en Nicaragua, donde se ensalza a la madre sufrida, comenta.
Es imperativo que la maternidad deje de ser vista como un asunto privado de las mujeres para convertirse en un tema central de la sociedad. “Maternar tendría que ser colectivo; tendríamos que estar gobierno, entidades sociales y familia acuerpando esa maternidad”, propone Molina. La falta de corresponsabilidad social genera desigualdades profundas, donde las mujeres jóvenes que quedan embarazadas ven truncadas sus oportunidades educativas y profesionales, perpetuando ciclos de pobreza en el país.
La psicóloga también hace énfasis en que la maternidad no debe ser una meta de vida ni una píldora para la felicidad. Advierte que poner a un hijo o una hija como el centro de la felicidad personal es peligroso y puede derivar en problemas relacionales fuertes. En su lugar, debería ser una elección consciente y bien pensada, respetando tanto a quienes deciden maternar como a quienes optan por no hacerlo, a pesar del juicio social que tacha de irresponsables a estas últimas.
En el trabajo terapéutico, se busca transformar la culpa en responsabilidad y límites. Molina insta a las mujeres a exigir que los padres se hagan cargo de sus propias responsabilidades de cuidado sin que ellas actúen como intermediarias constantes. «Vamos a darle menos espacio a la culpa y más a las cosas que sí hacemos bien», sugiere, reconociendo que llegar al 50% en condiciones de precariedad ya es un logro que merece ser aplaudido en lugar de juzgado.
Molina señala que es necesario cuestionar el concepto de instinto materno como algo biológicamente dado, entendiéndolo más bien como una construcción que presiona a las mujeres a saberlo todo por el simple hecho de parir. La realidad es que «las madres se equivocan porque son humanas, no robots, y el cansancio físico y mental es una respuesta natural a una carga desproporcionada. La madre perfecta es un mito que daña profundamente la salud mental de las mujeres nicaragüenses.
Como sociedad, se tiene deuda en reconocer a las mujeres que, tras la fachada de fortaleza, están cansadas, asustadas y sosteniendo la vida como pueden. Ese reconocimiento no debe limitarse a una felicitación pasajera una vez al año, sino traducirse en un cambio social, político y cultural que garantice una crianza compartida y respetuosa, donde la maternidad no signifique el olvido de una misma, dice la psicóloga. Solo así se podrá hablar de maternidades que nacen del deseo y no de la imposición o el abandono.
Aquí la entrevista completa:
Foto: Pby

