La escalada de violencia contra mujeres y niñas en Nicaragua ha pasado a convertirse en una emergencia social de proporciones críticas. Según datos del Observatorio Voces, el 2025 cerró con una alta cifra de 72 femicidios entre enero y noviembre, de los cuales 21 ocurrieron en el extranjero, evidenciando que la violencia física, sexual y psicológica sigue ganando terreno en el país. Esta crisis se manifiesta con mayor crudeza en el entorno más íntimo de las víctimas, donde los principales agresores suelen ser parejas, exparejas o familiares cercanos.

La psicóloga Yamilet Mejía explica que la violencia es un aprendizaje cultural que se ha arraigado durante generaciones y requiere un proceso de deconstrucción. Según la experta, el país enfrenta un ciclo donde se enseña que la fuerza es superior al entendimiento, advirtiendo que «estamos enseñándoles a los niños y las niñas que la solución de los problemas es a través de la violencia, que la solución de los problemas de lo que sea no es a través del diálogo».

La persistencia de esta problemática radica en cómo se construye la noción de poder y valía personal a través del sometimiento de la otra persona. A la vez, sostiene que el agresor utiliza su posición de poder para denigrar y degradar a la mujer, llegando en los casos más extremos a arrebatarle la vida. Este comportamiento no es fortuito, sino que responde a una estructura mental donde no se reconoce la humanidad de la pareja, tratándola como un objeto de posesión absoluta.

En este sistema de creencias, el hombre violento asume que tiene el derecho de decidir sobre las acciones y pensamientos de la mujer bajo la premisa de que ella le pertenece. Mejía señala que incluso el primer grito es un acto trágico, pues impone un autoritarismo que anula cualquier posibilidad de resolución pacífica de conflictos. Para ella, es vital entender que «no es necesario gritar para poder llegar a una resolución de conflicto a un relacionamiento entre personas. No es necesario anteponer tus ideas porque sí porque te da la gana».

Desprotección institucional y el costo en la salud mental

El panorama se vuelve más sombrío cuando las instituciones del Estado no garantizan la protección efectiva ni la educación preventiva necesaria. El desmantelamiento de organizaciones no gubernamentales que brindaban refugio y apoyo psicológico en el país ha dejado a miles de mujeres en indefensión total, provocando permisividad y concediendo al agresor un aval implícito para continuar con sus ciclos de sometimiento y maltrato.

Sentirse desprotegida por el sistema tiene un impacto emocional que la psicóloga compara con la falta de un hogar seguro frente a la tempestad. La vulnerabilidad extrema no solo genera miedo constante, sino que paraliza la capacidad de reacción de la víctima ante el peligro inminente. La especialista describe esta sensación «es como estar sin casa y que llueve, o tenés tu casa que tiene muchos huecos en el techo; entonces te cae la lluvia afuera y llueve adentro y eso te va a enfermar».

Esta exposición prolongada al estrés y al miedo desemboca en problemas graves de salud mental, principalmente depresiones profundas y cuadros de ansiedad severos. Además, existe una relación documentada entre la violencia sostenida y el desarrollo de enfermedades físicas crónicas. La violencia psicológica, a menudo menos visibilizada que la física, juega un papel crucial al minar la autonomía de la mujer, impidiéndole realizar tareas cotidianas o buscar ayuda externa.

La cultura de la revictimización en las instituciones también es otro obstáculo mayor para el acceso a la justicia, ya que se suele cuestionar el comportamiento de la mujer en lugar de investigar al agresor. A pesar de que el sistema puede ser hostil, Mejía insiste en que la denuncia es un paso indispensable para confrontar los delitos de maltrato físico y emocional. Ella recalca que «lo mínimo que pueden hacer esas instituciones es atender bien, atender y bien tratar a esas personas que llegan a buscar apoyo y a denunciar un delito».

Violencia digital y la crisis de afecto en las nuevas generaciones

Una nueva dimensión de la violencia que ha emergido entre los jóvenes es a través de la práctica del happy slapping, que consiste en filmar y difundir agresiones reales para ganar popularidad en redes sociales. Este fenómeno refleja una pérdida de empatía donde la violencia se consume como un producto de entretenimiento viral. Las personas adolescentes buscan una validación social inmediata a través de la pantalla, sustituyendo la conexión humana real por el reconocimiento cibernético de actos violentos.

Esta desconexión emocional en la juventud nicaragüense tiene raíces en la migración masiva, que ha dejado a miles de hijos e hijas creciendo sin la presencia directa de sus padres. Las carencias afectivas y la falta de un relacionamiento cálido se intentan llenar con tecnología y acceso ilimitado a internet sin supervisión. La psicóloga observa que un teléfono de última generación no puede reemplazar el calor humano, ya que los jóvenes, «carecen de ese cariño materno y paterno del relacionamiento que normalmente deberían de tener; quedan colgados de la brocha porque sus padres no están en el país», expresa.

El vacío que deja la ausencia de un abrazo o una conversación en vivo es ocupado por la búsqueda desesperada de likes, validando conductas que destruyen el tejido social. Enfatiza que es fundamental que la familia, las escuelas y las iglesias se alerten ante esta realidad y busquen formas de otorgar reconocimiento real a las personas jóvenes. Según su visión, las personas adolescentes necesitan ser validadas por sus talentos y habilidades positivas en lugar de ser celebradas por actos agresivos.

La educación en el hogar, a través de la responsabilidad compartida en las labores domésticas y el control del tiempo digital, se presenta como una alternativa para formar personas empáticas. La tecnología debe utilizarse para fomentar la escritura, el canto y otras formas de expresión que construyan y no que destruyan la integridad de los demás. La psicóloga advierte que el reconocimiento que buscan en las redes es un espejismo que puede dañar sus vidas permanentemente.

La sociedad nicaragüense enfrenta el reto de transformar estos patrones antes de que la violencia se normalice por completo en las próximas décadas. El futuro del país depende de la diligencia con la que se actúe hoy para proteger a las mujeres y reeducar a las juventudes bajo una cultura de paz y respeto. Yamilet manifiesta la gravedad si no se actúa diligentemente, «porque estas personas son las que se van a encargar del país en 10 o 20 años más»

Aquí la entrevista:

Foto de portada: Havana times