El primer nicaragüense nominado a un premio de la Academia delos Óscar analiza cómo el oficio de un matarife y el consumo industrial de carne sirven para confrontar el apego latinoamericano a la muerte, mientras denuncia las redes de poder tras la ganadería y la urgencia de rescatar la memoria histórica ante el autoritarismo.
El nombre del nicaragüense Gabriel Serra, resonó con fuerza en 2015 al convertirse en el primer nicaragüense nominado a un premio Óscar. Serra, continúa su labor creativa desde el exilio. Graduado de comunicación en la Universidad Centroamericana (UCA) y formado en el Centro de Capacitación Cinematográfica de México, el cineasta ha logrado madurar una búsqueda visual que él mismo describe como política, visceral y poética. Su obra no solo busca el reconocimiento artístico, sino que se plantea como un ejercicio de reflexión profunda sobre la realidad de Nicaragua y Centroamérica.
La nominación de su cortometraje La Parca fue un hito que, en sus palabras, «me afianzó como ser humano, como artista, como persona». El proyecto surgió de una necesidad académica de abordar el tema de la muerte, un concepto complejo y arraigado en la cultura mexicana y nicaragüense. Sin embargo, el punto de partida fue una pregunta cotidiana que se hizo al caminar por las calles de Ciudad de México y percibir el olor constante a res y cerdo: «¿De dónde viene tanta carne?».
Esta interrogante lo llevó hasta Efraín, un matarife que sacrificaba 500 reses a diario en un matadero. Para Serra, la carne trasciende su valor alimenticio o comercial para convertirse en un elemento simbólico cargado de significado. Según explica, «la carne es esta metáfora de alguna manera de las pérdidas y de lo más visceral que tenemos vinculado a la muerte», estableciendo un puente entre el oficio de matarife y las muertes personales que el protagonista del documental había sufrido.
En la construcción narrativa de La Parca, Serra diferencia el corazón de la obra y su excusa visual. Mientras que el centro del proyecto es la muerte y el vínculo afectivo que mantenemos con quienes ya no están, la carne funciona como el vehículo visual para llegar a ese núcleo. De esta forma, el proceso industrial del destace de animales se entrelaza con una reflexión filosófica sobre el ciclo de la vida y el apego que las personas latinoamericanas tenemos hacia nuestros difuntos.
El cineasta también lanza una crítica aguda a la industria cárnica contemporánea, a la que califica como un sistema donde «hay mucha poca conciencia y voluntad política de sancionar estas prácticas porque todos están coludidos». Serra menciona que en la región, especialmente en contextos como el de Costa Rica, se dice que todo es un chorizo, refiriéndose a la mezcla entre empresa privada y políticos que permite la deforestación masiva para ganadería. Esta industria no solo impacta el medio ambiente, sino que condiciona patrones de consumo masivos que afectan la salud.
Durante su entrevista en Agenda Propia Nicaragua, destacó cómo en México existe un aprovechamiento total del animal, desde los labios hasta las orejas, en contraste con Nicaragua donde históricamente algunas partes se desechaban. Este análisis del consumo le permite evidenciar cómo las dinámicas comerciales mexicanas han penetrado en el mercado nicaragüense, estructurando un negocio que va desde la selección de tierras planas para el ganado hasta el procesamiento final de cada parte de la res.
Sin embargo, su obra no se queda en la superficie de la industria, sino que busca generar una reflexión sobre la violencia y el dolor. Ante la crisis que vive Nicaragua desde 2018, Serra siente una responsabilidad intrínseca como artista de documentar las implicaciones del exilio y la muerte masiva de jóvenes. Para él, la situación actual es un eterno retorno cíclico donde la sociedad parece no aprender de su historia y los caudillos siguen repitiéndose.
El compromiso con la verdad es innegociable, especialmente en un contexto de manipulación mediática por parte de la dictadura Ortega-Murillo. Gabriel sostiene que, gracias a la tecnología y redes sociales, «ya no puedes engañar tan fácilmente a las personas» porque los hechos se registran de manera sencilla con un celular. Este entorno de vigilancia y represión lo obliga a seguir colaborando en proyectos que den voz al dolor de las familias que aún buscan justicia y resarcimiento.
A lo largo de su carrera, Gabriel ha buscado que su trabajo tenga una conciencia política y artística que trascienda fronteras. Tras el éxito de su cortometraje, enfrentó el desafío de realizar largometrajes como El Mito Blanco en Costa Rica, una experiencia que describe como parir chayote debido a la complejidad de investigar y escribir historias de larga duración sobre identidad y racismo. Para él, producir sus propios proyectos es un reto constante que requiere años de investigación y una conexión real con la realidad.
Sus raíces en El Viejo, Chinandega, en Nicaragua y la influencia de su familia de maestras y académicos han sido fundamentales en su formación. Serra recuerda con especial afecto a su bisabuelo, quien fundó un cine-teatro en 1932, lo que plantó en él una sensibilidad visual desde la infancia. Esta herencia, sumada al apoyo que recibió tras demostrar su talento, le permitió seguir su propio camino artístico a pesar de las dudas iniciales sobre la viabilidad de vivir del arte.
Hoy, desde su labor como fotógrafo y director, sigue abocado a crear contenidos que generen debate. Cree firmemente en la importancia de no olvidar a los muertos, pues «al olvidarlo estamos borrando también gran parte de nuestra esencia». Su cine se presenta así como una herramienta de memoria contra la apatridia y el silencio que la dictadura intenta imponer a los nicaragüenses.
Gabriel Serra enfatiza que el proceso de encontrar una voz propia en el cine es algo complejo y fascinante que requiere madurez. Su objetivo es que la persona espectadora reflexione y empatice con las realidades que retrata, ya sea a través de la cruda imagen de un matadero o la nostalgia de quienes han tenido que abandonar su país. Con varios proyectos en desarrollo, el cineasta reafirma su compromiso de seguir narrando Nicaragua desde la honestidad y el rigor artístico.
Aquí la entrevista completa:
Foto portada: Tomada de su Facebook

