A finales de agosto de 2018 conocí a Yader Vásquez en Costa Rica. Yo acababa de salir de Nicaragua por razones de seguridad mientras filmaba el documental Nicaragua, patria libre para vivir. Él había perdido a su hijo, Gerald, asesinado durante el ataque de policías y paramilitares contra los estudiantes que se refugiaron en la iglesia de la Divina Misericordia.
Lo entrevisté. Había recogido ya historias de persecución, de miedo, de familias destrozadas. Pero hay testimonios que a veces te golpean de otra forma, que te llegan de manera especial. Yader, lo he contado en más de una ocasión, intentaba explicar qué ocurre dentro de un padre cuando le asesinan a un hijo. En algún momento encontró estas palabras: «como un abismo que se abre dentro de ti». Y los dos terminamos abrazados, llorando.
De los más de cincuenta testimonios que recogí para la película, el suyo fue uno de los que más me tocaron. Desde entonces he mantenido con él un contacto esporádico. Volvimos a encontrarnos en Costa Rica en noviembre de 2021, durante el estreno del documental. Por entonces preparaba su salida hacia Estados Unidos, que se produjo a los pocos días. En 2022 nos vimos de nuevo en Miami. Había cambiado de país, pero seguía denunciando las atrocidades de la dictadura Ortega Murillo. Nunca ha dejado de hacerlo. Entonces me regaló una camiseta con el rostro de su hijo, que aún conservo.
Ahora, al conocer su detención, hace un mes, por el ICE, vuelvo a aquella conversación. Pienso en lo que significa haber escapado de quienes mataron a tu hijo y descubrir que el país donde buscaste protección puede encerrarte y poner en cuestión tu permanencia. Pienso en ese abismo, que el exilio no cerró, y en una maquinaria migratoria capaz de abrirlo todavía más.
Además, la detención por parte del ICE también del colega periodista Luis Galeano, permite comprender que el problema desborda una sola historia. El director de Café con Voz fue detenido el 14 de septiembre en Florida mientras trabajaba como conductor de UBER (las condiciones del exilio y la supervivencia del día a día, merecerían un capítulo aparte). Según la información publicada el día 16, permanecía bajo custodia en Krome, Miami, con una audiencia prevista para el 2 de octubre. Es, sin ningún género de dudas, un periodista perseguido por el régimen nicaragüense, que en 2023 lo incluyó entre las personas despojadas de su nacionalidad. Yader y Luis no son los únicos. Al menos Denis Javier Palacios, Jairo Lenin Centeno, Edwin Hernández Figueroa, Cristhian David Meneses y Marlon Antonio Narváez Franklin, excarcelados políticos del régimen Ortega Murillo, también han sido capturados por el ICE y sobre ellos pesa la amenaza de la deportación.
En el caso de Luis Galenano. el Departamento de Seguridad Nacional justifica su detención alegando que había permanecido en Estados Unidos más allá del plazo autorizado por su visa. Su familia señala que tiene una solicitud de asilo pendiente. Y aunque el hecho en sí de la detención no equivalga, por el momento, a que se vaya a consumar una deportación, el mero hecho de la incertidumbre, de la espera, de la posibilidad de ser entregado de nuevo a la dictadura de la que huyó, ya es un ejercicio de tortura insoportable.
Muchos opositores nicaragüenses han depositado en Donald Trump una esperanza que uno, aunque no comparta en absoluto, puede incluso medio comprender. Después de años de asesinatos, encarcelamientos, destierros e impunidad, es humano buscar una fuerza exterior capaz de quebrar el poder de Ortega y Murillo. Pero cuando se cierran casi todas las salidas, o así lo parece, cualquier promesa de rescate adquiere una dimensión que puede resultar desmesurada. Y el problema estriba en que esa necesidad se convierte en un análisis político condicionado. La desesperación puede explicar la confianza en Trump, pero eso no demuestra que Trump la merezca. De hecho la realidad de los hechos, siempre tan tozuda, demuestra lo contrario.
¿Está Estados Unidos defendiendo realmente la libertad, la democracia y los derechos humanos en Nicaragua? Las declaraciones contra Managua de personajes como el secretario de Estado Marco Rubio deben juzgarse junto a lo que Washington hace con los nicaragüenses que llaman a su puerta. Un gobierno que denuncia a una dictadura y encierra a quienes huyeron de ella socava con sus actos la autoridad moral de su discurso.
Venezuela es la mejor advertencia. El 2 de septiembre, Trump sostuvo que el país todavía no estaba preparado para celebrar elecciones, mientras su administración avanzaba en acuerdos petroleros con el gobierno de Delcy Rodríguez. Se ve que para eso sí estaba preparado. La “cooperación económica”, nuevamente las perversiones del lenguaje, sí encontraba cauces que parece que no hay para que los venezolanos puedan decidir su propio futuro.
Es la amarga y conocida fórmula de cambiarlo todo para que todo siga igual. Pueden cambiar los interlocutores, las alianzas y las condiciones del negocio sin que la ciudadanía recupere el poder de decidir.
Y es aquí que volvemos a Nicaragua, donde los opositores deberían mirar con más detenimiento y análisis alejado de la desesperación esa experiencia tan reciente de Venezuela. En la hostilidad de Trump hacia Ortega, no se engañen, no hay realmente una promesa, mucho menos una garantía, de libertad para Nicaragua.
En sus métodos de intimidación y en el miedo que proyectan, las actuaciones del ICE permiten una comparación inquietante con los paramilitares de los que escaparon tantos nicas.
También debemos hablar del ICE sin eufemismos. Amnistía Internacional ha denunciado operaciones migratorias militarizadas, agentes enmascarados y prácticas de detención que vulneran derechos humanos. ¿No nos suenan estas escenas? Para los nicaragüenses que huyeron de hombres armados y encapuchados, pueden resultar terriblemente familiares. En sus métodos de intimidación y en el miedo que proyectan, las actuaciones del ICE permiten una comparación inquietante con los paramilitares de los que escaparon tantos nicas. Y sí, habrá quien argumente que existen diferencias institucionales y jurídicas sustanciales entre el ICE y los paramilitares de Ortega, pero esas diferencias no borran la experiencia de quien vuelve a sentirse indefenso ante hombres armados capaces de decidir sobre su libertad.
En la concepción del poder como imposición, castigo y fabricación de enemigos hay una afinidad profunda entre el modelo de Trump y el de Ortega y Murillo. Sus historias y sus sistemas políticos pueden diferir, pero la pretensión de situar la voluntad del gobernante por encima de los límites que protegen a las personas los acerca mucho más de lo que muchos son capaces de ver porque, bajo esa lógica, la realidad es que los derechos se vuelven obstáculos y la crueldad, y el ICE es una prueba evidente de ello, puede exhibirse como prueba de fortaleza.
Quienes denuncian los abusos en Nicaragua deben denunciarlos también cuando los comete un gobierno al que algunos consideran aliado. La dignidad humana pierde su sentido universal cuando depende del color político del responsable de pisotearla. Por eso hay que ser honestos y decir las cosas por su nombre. Estados Unidos no es un país seguro para un exiliado si la protección frente a sus perseguidores puede convertirse en una espera entre rejas y bajo amenaza y el terror de la expulsión al país del que se huyó. La mera posibilidad de ser deportado a Nicaragua constituye ya, en su dimensión humana, una tortura. Hablo del tormento de imaginar el regreso forzado al lugar del que tuviste que huir. De preguntarte quién te esperará al bajar del avión. De pensar en una celda, en una represalia, en tu familia otra vez expuesta.
Ese miedo alcanza también a miles de nicaragüenses que creyeron estar a salvo en Estados Unidos muchos de los cuales se han entregado ya a un segundo exilio, con todas las consecuencias que eso tiene. Cada detención de un exiliado conocido traslada a los demás zozobra y desasosiego. El miedo entra en las casas y acompaña a la gente al trabajo. Y en eso estriba parte de la estrategia trumpista, en que para producir un daño colectivo no hace falta deportarlos a todos.
Ese miedo alcanza también a miles de nicaragüenses que creyeron estar a salvo en Estados Unidos muchos de los cuales se han entregado ya a un segundo exilio
Vuelvo a Yader. A Costa Rica. A aquella entrevista que terminó en un abrazo. Me cuesta aceptar que un padre al que la dictadura arrebató a su hijo deba seguir demostrando, país tras país, que merece vivir sin miedo.
La libertad de Nicaragua necesita solidaridad internacional, presión sobre sus represores y protección efectiva para sus víctimas. Depositarla en la voluntad de Trump, más preocupado por incendiar el mundo del uno al otro confín, es aferrarse a una quimera cuya fragilidad están pagando personas concretas. Y además, en el mejor de los casos, ya sabemos cómo suele acabar el intervencionismo yanki en Nicaragua.
Yader Vásquez llamó abismo al dolor que le dejaron los asesinos de Gerald. De Nicaragua huyó de uno y ahora, Estados Unidos, donde creyó encontrar refugio, abre otro a sus pies.

