Thelma Brenes Muñoz

En las últimas semanas, los mensajes diarios de Rosario Murillo han escalado su lenguaje ofensivo y deshumanizante hacia quienes critican al régimen o emiten una opinión contraria a sus intereses. Bacterias, hongos, comejenes, malandros, malucos, mequetrefes, filibusteros son algunos de los términos que utiliza. La lista parece interminable.

Cuando escucho ese lenguaje, se me vienen a la mente los afiches de propaganda nazi que vi en una visita al Museo de Historia Alemana en Berlín. Los judíos aparecen retratados con narices exageradas, expresiones caricaturescas y una apariencia diseñada para despertar rechazo. La intención era clara: que la población dejara de ver a los judíos como seres humanos y comenzara a verlos como seres peligrosos y una amenaza.

Cuando recién llegué a Alemania me costaba entender cómo había sido posible que una parte de la población no se diera cuenta de lo que pasaba durante el nazismo. Después entendí que la maquinaria de propaganda fue un factor clave en deshumanizar al otro. El objetivo de la propaganda no solo era convencer. También buscaba que la gente dejara de empatizar con el otro y crear indiferencia.

Por eso la deshumanización por medio de los insultos de Rosario Murillo no es una casualidad ni un arrebato de enojo. El lenguaje de deshumanización tiene una función política conocida. Los regímenes totalitarios utilizan la deshumanización para despojar a los opositores y a las minorías de su condición humana. El objetivo es generar odio hacia el que piensa diferente, eliminar la empatía, para así normalizar la exclusión, justificar la persecución y la violencia.

El manual histórico del odio

La historia está llena de ejemplos. La propaganda nazi recurrió sistemáticamente a términos médicos y biológicos para referirse a los judíos. La maquinaria propagandística los describía como «bacilos», «parásitos», «ratas» y «virus» que contaminaban el cuerpo de la nación y debían ser eliminados. La propaganda no creó en sí el Holocausto, pero contribuyó a crear un entorno en que la persecución y la violencia fueron aceptadas, toleradas e ignoradas.

El régimen de Mussolini en Italia no se quedó atrás. Los opositores fueron tildados de anti-italianos y traidores a la patria, constituían una enfermedad, un tumor, una infección para la nación, que por tanto debía ser extirpada. En los años noventa durante el proceso que llevó al genocidio de Ruanda, a través de la radio y medios impresos se difundían constantemente discursos de odio contra la etnia tutsi. Con frecuencia se les llamaba inyenzi, cucarachas. El resultado, 800 000 personas asesinadas entre abril y junio de 1994.

Por eso es peligroso pensar que las palabras de Rosario Murillo son rabietas o desvaríos. No lo son. Los contextos históricos son distintos. No se trata de afirmar que Nicaragua es la Alemania nazi o Ruanda en 1994. Pero el discurso presenta patrones que recuerdan mecanismos de deshumanización utilizados por regímenes autoritarios en distintos momentos de la historia. Y la historia nos enseña que las palabras importan, porque preparan el camino para las acciones. La acción por parte de unos y la inacción por parte de otros.

El mensaje deshumanizante de Rosario Murillo tiene dos funciones claras. Primero, reforzar el odio en sus bases, por ejemplo, normalizando que personas simpatizantes al gobierno afirmen en las redes sociales que los presos políticos deberían morir en la cárcel. Segundo, usar el miedo para paralizar cualquier manifestación de empatía o solidaridad con quienes se encuentran en la cárcel o en el exilio. El problema es que esta parálisis contribuye a normalizar la violencia que ejerce el régimen sobre los presos políticos o los opositores. El efecto de esta estrategia es que la ciudadanía no vea, no pregunte y siga con su vida.

La paradoja de los puchos

Umberto Eco, en su ensayo sobre el «Urfascismo» (Fascismo eterno), identificó una característica común de los discursos totalitarios: el enemigo es despreciable y demasiado débil para ser respetado, pero suficientemente fuerte para representar una amenaza inminente.

En la retórica de Ortega y Murillo, esta paradoja también está presente. Por un lado, intentan minimizar a la oposición llamándolos «puchitos», «chingastes” y afirmando que son minorías insignificantes. Sin embargo, en sus mensajes diarios los acusan de tener la capacidad de organizar golpes de Estado, conspiraciones internacionales y actos terroristas. La contradicción no es un defecto del discurso, cumple la función política que ellos necesitan: minimizar y ridiculizar a la oposición y exagerar su poder para justificar la represión estatal.

La deshumanización política

Otro de los mecanismos utilizados por los regímenes autoritarios es el mito de la traición nacional. La persona deja de ser un individuo con derechos y pasa a ser etiquetada como «vendepatria», «traidor», «pelele» o «agente extranjero». El régimen de Stalin en la Unión Soviética también utilizó en sus discursos el término vrag naroda, “enemigo del pueblo” para construir el enemigo interno. En la Alemania nazi se usó el término ‘Volksverräter’ (traidor del pueblo) para despojar a los disidentes y a los judíos de su humanidad y sus derechos civiles. Los nazis también promovieron la llamada leyenda de la «puñalada por la espalda», según la cual Alemania había sido traicionada por enemigos internos durante la Primera Guerra Mundial. A partir de esa narrativa, construyeron la idea de que ciertos ciudadanos no merecían pertenecer a la nación alemana y sirvió para justificar la exclusión de los judíos de la comunidad nacional y, más tarde, la pérdida de sus derechos mediante las Leyes de Núremberg de 1935.

En Nicaragua, cualquiera que critique al régimen es acusado de servir a Estados Unidos, a la Unión Europea o a la CIA para desestabilizar el país. Cuando el régimen llama «vendepatrias» o «traidores a la patria» a los opositores (como hace con mi padre, condenado a quince años de prisión), o cuando despoja de su nacionalidad a 317 nicaragüenses, es difícil no ver el parecido. No porque las circunstancias históricas sean idénticas, sino porque la táctica es la misma: primero se convierte al adversario político en un enemigo de la nación; después se le despoja de todos sus derechos civiles, políticos y sociales otorgados por la ciudadanía y la pertenencia al territorio en que nació.

Como hija de un preso político, sé que detrás de cada insulto que sale de la boca de Rosario Murillo hay una persona, una familia y una historia. Cuando ella habla de “bacterias» u «hongos» que deben ser eliminados, esas “bacterias” tienen cara y apellido. Son mi padre y su esposa, Salvadora, quienes tienen hijos y nietos que quieren saber dónde y cómo están desde hace 13 meses, darles un abrazo y verlos sanos y salvos en su vejez. Por eso es importante nombrar este proceso por lo que realmente es: no es un simple desvarío o enojo sino una estrategia de poder.

La cárcel, la desaparición y la pérdida de derechos no empiezan con una sentencia. Comienzan mucho antes. Inician cuando el estado promueve una sociedad en la que algunos de sus ciudadanos no merecen ser vistos como seres humanos y se justifica el uso de la violencia, la exclusión, la pérdida de la identidad, la dignidad y los derechos más elementales