La vivencia de una persona que se reconoce como mujer trans es un proceso profundo y personal, definido por la necesidad de encontrar una armonía entre su identidad interna y su apariencia física. Esta búsqueda de congruencia no es una decisión superficial, sino una respuesta a un sentido innato de pertenencia al género femenino que puede manifestarse desde etapas tempranas del desarrollo.
La identidad de género se entiende como la experiencia interna e individual, la cual puede o no corresponder con el sexo asignado al nacer. Athiany Larios, activista transfeminista nicaragüense, explica que para muchas personas trans, el tránsito social, legal o médico funciona como un puente esencial para alinear su verdad interior con su realidad exterior, permitiéndoles vivir una vida auténtica.
Según Larios, el proceso de transición busca satisfacer un anhelo de integridad personal que involucra tanto la psique como las emociones. En sus palabras: «eso la llega a complementar ese deseo que tienen mentalmente con el de su corazón… para que llegue a la plenitud de las personas transfemininas o transmasculinas de sentirse en mente y corazón como lo que se sienten y se perciben hacia afuera».
La modificación del cuerpo mediante hormonas o cirugías tiene el propósito de alcanzar una realización personal que trasciende las dificultades cotidianas. La activista enfatiza que, una vez lograda esa imagen reflejada, la sensación de felicidad y plenitud permite que otros problemas, incluso los económicos, pasen a un segundo plano ante la satisfacción de «verme como me siento».
Asumirse como mujer implica también un deseo de ser leída y respetada por la sociedad en roles tradicionalmente femeninos. Esto incluye habitar el mundo desde la feminidad, tejiendo vínculos y compartiendo vivencias comunes con otras mujeres, lo que refuerza su sentido de pertenencia y reconocimiento dentro del tejido social.
Larios destaca que este sentimiento es tan profundo que muchas mujeres trans desean cumplir con roles sociales de género asignados históricamente a las mujeres, como la maternidad o las tareas del hogar. Existe una aspiración de habitar la feminidad en todas sus dimensiones, buscando que la sociedad valide su identidad a través del trato cotidiano y el lenguaje.
El deseo de ser reconocida es tan específico que Athiany menciona el caso de quienes se someten a cirugías para alinear su anatomía con su sentir. Sobre esto, afirma: «la chica trans que se llega a operar quisiera ir al ginecólogo no al urólogo… desea ir a un ginecólogo o ginecóloga porque es tan así el sentimiento y el deseo de asumirse como mujer».
Sin embargo, la transición también conlleva a la pérdida de privilegios históricos otorgados a los hombres en una sociedad estructurada bajo el patriarcado. Al asumirse como mujeres, muchas enfrentan el rechazo en herencias familiares o la pérdida de prioridad en el acceso a la educación, beneficios que antes tenían garantizados por su sexo (masculino) asignado al nacer.
La discriminación laboral es otro de los grandes obstáculos mencionados por la activista, especialmente en contextos restrictivos como el de Nicaragua. Relata experiencias de empresas de maquila que obligan a las trans a ocultar su identidad, exigiéndoles quitarse el maquillaje o cortarse el cabello para conservar sus puestos de trabajo.
El entorno familiar suele ser el primer espacio de conflicto, influenciado fuertemente por preceptos morales y religiosos. Larios comparte que, en su caso, enfrentó el rechazo de familiares evangélicos que la consideraban una carga negativa para el hogar, mientras que otros sectores mostraron alguna tolerancia pero que no llegaba a ser aceptación plena.
En el ámbito de las relaciones afectivas, el estigma social genera miedos profundos en las parejas de las trans. La entrevistada señala que muchos hombres adultos temen el juicio de su círculo social o familiar, lo que a menudo reduce estos vínculos a encuentros ocultos o condicionados por una estética corporal específica que responda a fetiches.
La situación política en Centroamérica agrava la vulnerabilidad de la población trans, con altos índices de violencia y asesinatos que a menudo quedan en la impunidad. Países como Guatemala, Honduras y El Salvador carecen de marcos jurídicos robustos que protejan a la comunidad LGBTQ+, facilitando una discriminación sistemática en salud y empleo.
Larios tiene una fuerte crítica a la falta de análisis político en ciertos sectores de la comunidad trans que se enfocan únicamente en el entretenimiento o la «farándula» digital. Para ella, la visibilidad en redes sociales sin un trasfondo de lucha por derechos humanos permite que los sistemas de poder invisibilicen las demandas estructurales de la población trans.
El activismo desde el exilio se presenta como una de las pocas vías para mantener la denuncia ante entornos donde alzar la voz puede significar una sentencia. Athiany reafirma su compromiso de seguir luchando por la memoria histórica de las mujeres trans y para asegurar a quienes vienen detrás encuentren un camino con menos violencia y mayor reconocimiento.
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