La relación entre las mujeres y el dinero trasciende el ámbito de las matemáticas para situarse en un terreno complejo de construcciones sociales y exclusiones históricas. Durante décadas, las finanzas se consideraron un espacio ajeno a las mujeres, lo que ha dejado una marca en la manera en que ellas gestionan hoy sus recursos económicos. Esta desconexión no responde a una falta de capacidad técnica para la administración, sino a un entorno que alimentó el mito de que los asuntos financieros pertenecen exclusivamente a los hombres.
En el pasado reciente, las limitaciones legales eran barreras directas que impedían a las mujeres ejercer su autonomía básica sin la tutela de una figura masculina. Como se destaca en la entrevista reciente de realizada a la economista nicaraguense Ligia Gómez quien considera que “antes no podían abrir una cuenta o pedir crédito sin la firma del esposo o el padre esa exclusión ha dejado huella en el inconsciente”. Estas restricciones históricas han evolucionado hacia formas más sutiles de condicionamiento que todavía afectan la negociación de salarios o la toma de decisiones sobre inversiones.
La economista explica que este moldeamiento comienza desde la infancia a través de los mensajes y objetos que reciben las niñas. Mientras a los varones se les prepara para el mundo exterior, a las mujeres se las educa prioritariamente para el ámbito privado y las labores de cuidado. Según Gómez, este proceso es muy específico: “desde muy pequeñas te van diciendo te van moldeando y hasta el juguete que te dan que es un un bebé para cuidar”.
En las zonas rurales, esta desigualdad se manifiesta en la priorización de recursos básicos como la alimentación y la educación dentro del núcleo familiar. Existen contextos donde la mejor comida se reserva para el hombre bajo la premisa de que requiere más fuerza para el trabajo de campo. Asimismo, si una familia debe decidir en quién invertir dinero para formación académica, la estructura social suele favorecer al varón, relegando el desarrollo intelectual de la mujer a un segundo plano.
El mercado laboral actual funciona como una réplica de estas desigualdades estructurales asignadas por roles de género preexistentes. Las mujeres que logran insertarse en el mundo del trabajo profesional enfrentan frecuentemente condiciones de desventaja salarial y profesional. Gómez señala que esta realidad es persistente “por el mismo trabajo reciben menos salario y se les eh en muchos casos se les subestiman sus capacidades”.
La estabilidad profesional de las mujeres también se ve condicionada por factores biológicos y sociales que los empleadores perciben como riesgos para la productividad. La maternidad o la responsabilidad de cuidar a familiares adultos mayores son vistas a menudo como obstáculos para el desempeño en cargos de alta dirección. Debido a esto, en los procesos de promoción laboral, el sistema suele inclinarse hacia los hombres por considerarlos perfiles más estables para la organización.
Existen situaciones críticas donde, incluso siendo la mujer quien produce el recurso, el control sobre el dinero termina siendo delegado o arrebatado por figuras masculinas. En sectores productivos, es común que ellas no tomen decisiones sobre el destino de las cosechas o la administración de los créditos que reciben. Esta falta de poder de decisión efectivo sobre la riqueza generada perpetúa ciclos de dependencia económica que limitan el crecimiento personal y familiar.
La herencia emocional juega un papel determinante, vinculando la identidad femenina con el sacrificio personal en lugar de la prosperidad. Las mujeres han sido educadas para «vaciarse por los demás», lo que genera un conflicto profundo al momento de buscar el éxito financiero. En los testimonios compartidos, se destaca que persiste el miedo a que la autonomía económica sea interpretada como una falta de calidez o compromiso con el entorno social.
Este conflicto de identidad provoca un temor constante a ser juzgadas bajo etiquetas negativas como la frialdad o la ambición desmedida. Como relata una de las especialistas: “nos da pánico que si buscamos éxito o autonomía nos dejen de querer o nos vean como frías y egoístas”. Esta presión psicológica empuja a muchas mujeres a validar su bondad a través del descuido de su propia salud financiera o del sufrimiento económico.
Un fenómeno que persiste es la gestión segmentada del capital, donde las mujeres quedan atrapadas en la administración del denominado dinero chico. Este tipo de recurso se destina exclusivamente a las compras diarias y la supervivencia inmediata del hogar, generando una alta carga de responsabilidad sin poder real. Mientras tanto, el dinero grande, relacionado con las inversiones y la creación de patrimonio, suele quedar fuera del alcance o la supervisión de las mujeres.
La desvalorización sistemática de las tareas de cuidado no remuneradas constituye un pilar fundamental de la brecha económica actual. Muchas mujeres consideran que labores como cocinar, limpiar o criar hijos no tienen un valor monetario real, cuando en realidad son la base del sistema productivo. Ligia Gómez subraya que sin estas labores de cuido, la sociedad y la economía no tendrían fuerza de trabajo para sostenerse ni para pagar pensiones a futuro.
Para transformar esta realidad, es imperativo entender que el dinero no es un fin en sí mismo, sino un instrumento para la libertad. La autonomía financiera otorga a las mujeres la capacidad de elegir la vida que desean y de salir de entornos marcados por la violencia o la dependencia. Gómez enfatiza que el objetivo central es la autodeterminación, “se trata que tengamos la oportunidad de ser la mujer que queremos ser”.
El proceso de empoderamiento requiere romper con el caparazón simbólico que la sociedad impone para evitar que las mujeres exijan sus derechos. La autocensura, alimentada por el miedo al juicio social de ser consideradas impropias o malas madres, es uno de los mayores obstáculos para negociar mejores condiciones de vida. Reclamar el poder económico no resta feminidad; por el contrario, permite a las mujeres ser dueñas de su propio destino y del de sus hijos.
Es necesario desmitificar las finanzas como un área exclusiva para hombres, destacando que el sector requiere una creatividad que es intrínseca a muchas mujeres. En instituciones como el Banco Central, mujeres ocupan y han ocupado puestos clave en gerencias financieras y operaciones de mercado. Según las palabras de Gómez: “las mejores financieras que yo he conocido son mujeres… para hacer finanzas tenés que ser creativo y la mujer tiene una creatividad infinita”, detalla.
La educación financiera se posiciona como la inversión más rentable, permitiendo a las mujeres dominar conceptos básicos de ahorro y presupuesto. Aprender a valorar el tiempo propio como un costo de oportunidad es fundamental para cambiar la relación con el gasto y la inversión. Al entender que cada recurso ganado equivale a horas de esfuerzo vital, se facilita la creación de un colchón de seguridad que brinda tranquilidad frente a imprevistos.
El empoderamiento económico se ejerce a través de las decisiones diarias sobre cada unidad monetaria que llega a las manos de una mujer. No es un concepto abstracto o lejano, sino la práctica constante de tomar elecciones que refuercen los valores y metas personales de cada individuo. Apropiarse de la independencia financiera es el camino para que las futuras generaciones de niñas crezcan en un entorno de seguridad, soberanía y libertad real.
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Foto portada: diaridegirona.cat

